sábado, 3 de enero de 2026

La uroscopia. Primera prueba documentada en la historia de la medicina para el diagnóstico de las enfermedades

La uroscopia fue uno de los métodos de diagnóstico médico principales utilizados desde tiempos remotos hasta el siglo XIX. Este examen se basaba en el estudio de todas las propiedades físicas observadas en la orina del enfermo. Las restricciones morales existentes para el examen físico del paciente y el desconocimiento médico sobre los mecanismos implicados en la causa de las enfermedades supusieron históricamente un gran obstáculo que superar para que los médicos tuvieran posibilidades de diagnosticar las dolencias de sus pacientes. Durante la Edad Media, las normas de conducta moral de la iglesia cristiana limitaron considerablemente las opciones de diagnóstico a disposición de los médicos debido a las restricciones de tocar ciertas partes de los pacientes o incluso de ser vistos desnudos. Es así como el estudio de los fluidos corporales, sin necesidad del contacto estricto con los pacientes, pronto se convirtió en un valioso método de diagnóstico, especialmente para el caso de las mujeres. 

En el proceso de evaluación del examen uroscópico, los parámetros sujetos a determinación eran el volumen de orina emitido y todas sus propiedades organolépticas como el color, olor, sabor y consistencia. También se consideraba el grado de turbiedad o claridad, la espuma y burbujeo, los sedimentos y la posible presencia de partículas orgánicas patológicas tales como cristales, pus, coágulos, grumos o detritus celulares. El examen de la orina fue muy valorado, tanto por médicos como por pacientes, por la facilidad de su recogida, al ser emitida al exterior durante la micción, y por permitir hacer una estimación inmediata del estado de salud del paciente. Además, se suponía razonablemente que lo que salía del cuerpo debía reflejar lo que estaba sucediendo en su interior. Antes del siglo XVII, los médicos aceptaban que el propósito principal de la digestión era convertir los alimentos en sangre mediante un proceso complejo de varias etapas que involucraba a distintos órganos y que generaba diversos productos de desecho, entre ellos la orina. En consecuencia, si los distintos humores del organismo estaban desequilibrados, esto quedaría reflejado en la orina producida por el enfermo.

El origen de esta técnica se remonta al cuarto milenio a. C. siendo pioneros los pueblos de Babilonia, el Antiguo Egipto y la India. Se convirtió en una práctica relativamente frecuente en la Grecia clásica durante los siglos V y IV a. C., y posteriormente en la Roma imperial. En el medioevo, la estimación por la uroscopia alcanzó su mayor valoración alcanzando especial importancia y desarrollo en la medicina bizantina y en la alta Edad Media. Escuelas médicas que difundieron esta práctica fueron las de Bizancio, Salerno, Bolonia, Montpellier, Padua y Paris. Los médicos medievales creían que, si se recolectaba y examinaba adecuadamente, la orina permitiría diagnosticar enfermedades específicas tales como fiebres, trastornos respiratorios, epilepsia, cefalea, diabetes y otras; y también serviría para establecer un pronóstico sobre una dolencia determinada del paciente. La importancia que alcanzó la uroscopia en la práctica médica quedó reflejada en numerosas representaciones artísticas y su inclusión en los emblemas de muchas sociedades de médicos e incluso cirujanos de la época. Su aplicación fue perdiendo interés a partir del siglo XVII por su escaso valor diagnóstico y por los avances en los métodos analíticos químicos. En el momento actual, la utilidad del examen de orina sigue teniendo algún rol para el diagnóstico de un reducido número de enfermedades sistémicas, aunque mantiene su relevancia para patologías específicas del aparato urinario ante la observación de sangre, concreciones litiásicas o pus.


Fases históricas de la uroscopia

La uroscopia comenzó a utilizarse hace 4000 años a. C. por médicos sumerios y babilónicos quedando registrada la interpretación de la enfermedad por la orina en el Syllabarium, unas tablillas de arcilla que contienen un signo cuneiforme para la palabra sinatu, símbolo que representa el emparejamiento de agua y falo, estableciendo que las características físicas de la orina se alteraban de acuerdo a diferentes enfermedades. En estos escritos, la misma palabra para designar al médico (asu) significaba "el que conoce las aguas". Los babilónicos referían términos como sinatu pizu (orina blanca o pura), sinatu zalmi (orina oscura), urpati sinatu (nubes en la orina), tidu as sinatu (sedimento de la orina) y sinatu bursi (orina rojo brillante) para describir distintas alteraciones en el examen de la orina. Más llamativo resulta la existencia de símbolos para representar "el gusano de la orina" y el "nudo de hilos", lo que indica que ya entonces habían observado la presencia en la orina de lo que probablemente eran hilos de albúmina.


La uroscopia ya se utilizaba en las antiguas civilizaciones mesopotámicas. Tablilla de arcilla con escritura cuneiforme del periodo neoasirio que contiene fragmentos de textos sobre medicina. Siglo IX-VII a. C., 2,5x3,35x0,80 cm. The Metropolitan Museum of Art de Nueva York


En el antiguo Egipto se realizaba el examen de orina para el diagnóstico de la esquistosomiasis y de un posible embarazo. Papiro de Kahun del antiguo Egipto que contiene fragmentos sobre enfermedades ginecológicas Dinastía XII, c. 1900 a. C., pág. 1-2. University College de Londres


El examen de orina también se utilizó en el antiguo Egipto, de forma particular para diagnosticar la posibilidad de embarazo, en cuyo caso la orina de la mujer “provocaría la germinación de granos de una mezcla de cereales”. Si se confirmaba la gestación, el tipo de semilla que germinaba podía predecir el sexo del feto. En los papiros de Kahun (1900 a. C.) y de Ebers (1550 a. C.) se hace referencia a la orina roja como evidencia de una esquistosomiasis, una infestación causada por el parásito Schistosoma hematobium que habitaba en el río Nilo, estableciendo la relación de la hematuria con la enfermedad de “gusanos en el vientre”. En la civilización hindú que surge en el valle del río Indo, los textos religiosos sánscritos de los Vedas, que se remontan al período comprendido entre el 3000 y el 1000 a. C., incluyen doctrinas médicas en el Atharva Veda. En estos textos se distinguían hasta veinte tipos patológicos en el examen de orina, denominando prameha a dichas alteraciones, y ya destacaron el sabor dulce de la orina en algunos pacientes que atraía a “las hormigas negras”, una característica de la enfermedad ahora conocida como diabetes mellitus que los antiguos brahamanes denominaban madhumeha. El médico hindú Acharya Charaka escribió el Charaka Samhita donde dedica un capítulo al examen de orina y las interpretaciones clínicas derivadas basadas en el color, la consistencia, la turbidez y la pegajosidad de la orina, así como en la presencia de sangre, semen, pus y grasa.


La uroscopia en la Grecia y Roma clásicas

En la antigua Grecia, los médicos recurrían al uso de la uroscopia pero sin darle una importancia absoluta considerando incluso más significativo para el diagnóstico la medición del pulso. En los aforismos de Hipócrates de Cos (c. 460-377 a. C.) se incluyen consejos sobre el pronóstico de la enfermedad basados en el estudio de la orina, ya que el valor diagnóstico de este método se limitaba prácticamente a las afecciones relacionadas con el aparato urinario. El médico heleno planteó la hipótesis de que la orina era una mezcla de los cuatro humores: sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema, cada uno de los cuales se originaba en una región diferente del organismo. Estos humores se creía que regulaban la salud física y emocional de las personas. Era responsabilidad del médico mantener los cuatro humores en equilibrio para evitar la aparición de enfermedades. Mediante el examen de la orina, se podía descifrar con precisión la combinación de esos humores en el organismo y su posible desequilibrio permitiendo hacer pronósticos sobre el curso de la enfermedad. Hipócrates señaló que los parámetros que debían ser valorados durante el examen uroscópico eran el color, la consistencia, el sedimento, el olor y el volumen de orina.


En los aforismos de Hipócrates (c. 460-377 a. C.) se establece el pronóstico de las enfermedades basándose en la inspección de la orina. Hipócrates examinando la orina al borde de la cama de un paciente convaleciente. Miniatura, manuscrito medieval, c. 1300

En el Corpus Hippocraticum, libro de Pronóstico, se cita, como ejemplo, que “Cuando la orina no es constantemente estable, es decir, cuando a veces tiene un aspecto claro y otras veces contiene un sedimento blanco y homogéneo, la enfermedad durará más y conllevará un mayor riesgo. Cuando la orina es rojiza y el sedimento tiene el mismo color y es homogéneo, la enfermedad durará mucho más, pero se puede confiar en la recuperación”, y también se dice que “Las nubes que flotan en la orina tienen un buen significado cuando son blancas, pero un mal significado si son negras. Si la orina es amarilla y poco espesa, significa que la enfermedad aún está en una etapa temprana. Si la orina permanece así durante un período prolongado, es de temer que el paciente no resista mucho antes de que la enfermedad alcance un punto crítico”. Otros aforismos que se incluyen en el Corpus de Hipócrates sobre el examen de orina son que “las burbujas que se encuentran en la superficie de la orina fresca es una indicación de enfermedad renal prolongada”, “la presencia de sangre en la orina se debe a ulceración renal o vesical”, “la presencia de partículas como harina gruesa en la orina aparece con la fiebre, y aumenta este sedimento a medida que empeora la fiebre” y asimismo que “la orina incolora es un mal presagio; es especialmente común en quienes padecen enfermedades cerebrales”.


Galeno (c. 129-200) fue el primero que afirmó que la orina se producía en los riñones. Galeno dando instrucciones para la preparación de medicamentos tras realizar una uroscopia mientras una criada porta la mátula. Miniatura de un manuscrito del siglo XV para ilustrar un texto de Galeno

El desarrollo y la rápida propagación de la uroscopia en la Roma imperial, como procedimiento principal para establecer el pronóstico y diagnóstico de las enfermedades, se fundamentó en el legado de la medicina griega. Galeno de Pérgamo (c. 129-200), uno de los referentes más importantes de la medicina romana antigua, no difirió demasiado sobre los postulados de Hipócrates respecto al valor de la uroscopia. Galeno fue el primero en afirmar que los riñones eran los órganos donde se producía la orina. Consideraba que la orina era el producto de un filtrado exclusivamente de la sangre sin participar los otros tres humores y, por tanto, creía que la orina revelaba específicamente el estado de salud del hígado, el órgano donde supuestamente se producía la sangre. Galeno consideró, con acierto, que el líquido ingerido equivalía a la orina emitida en una persona sana. Llamó "diarrea de orina" a la condición de emitir micción excesiva y señaló que era un síntoma atípico que aparecía en determinadas afecciones. Dada la influencia que ejerció Galeno en la medicina posterior, la uroscopia se consolidó como método de diagnóstico médico principal durante varios siglos.


La uroscopia en la Edad Media

En la Edad Media, el legado de la medicina clásica fue recogido por los bizantinos y más tarde por los árabes y, precisamente a través de éstos últimos, la uroscopia regresó de nuevo al occidente europeo. Durante un largo periodo de tiempo, desde el siglo IV al XV, la uroscopia alcanzó su mayor relevancia de la mano de los médicos de Bizancio. Entre los siglos IV y VII, varios autores como Oribasius de Pérgamo, Flavius Cassiodorus, Aetius de Amida, Alexander de Tralles, Paulus de Aegina, Stephanus de Atenas y Magnus de Emesa, comenzaron a difundir el uso y la enseñanza de la uroscopia siguiendo los principios de la antigüedad grecorromana, llegándose a convertir finalmente en el principal método para establecer no solamente el pronóstico sino también el diagnóstico de cualquier enfermedad sin quedar restringido solamente para las relativas del aparato urinario. Fueron precisamente los médicos bizantinos los primeros en describir la metodología que se debía seguir para la recolección de orina y, ya en el siglo VII, propusieron las primeras guías para la interpretación del examen uroscópico.


Theophilus Protospatharius (c. 610-641) escribió De urinis, el primer texto dedicado monográficamente a la uroscopia. Theophilus observando un frasco con orina. Miniatura atribuida a William de Brailes, manuscrito de 1250, edición en Oxford

Theophilus Protospatharius propuso un diagrama de veintiún tonos cromáticos para el diagnóstico de las enfermedades. Theophilus recibiendo un frasco con orina de su asistente Plossus. Miniatura del manuscrito De urinis, ms. 3632, folio 51, edición del siglo XV. Biblioteca dell'Università di Bologna, Bolonia


Theophilus Protospatharius (c. 610-641), médico del emperador bizantino Heraclio, escribió la obra De urinis, el primer texto dedicado exclusivamente al estudio de la orina en donde describía la posible gama de colores que podían presentarse en la orina y cuál debería ser su interpretación. Este texto alcanzó una gran popularidad, favoreciendo la extensión del uso de la uroscopia por toda Europa, lo que constituyó un hito en la historia de la medicina. Durante muchos siglos, esta obra fue referencia obligada por distintos autores que publicaron textos sobre la uroscopia. El médico bizantino consideraba que la orina era un filtrado de la sangre y describió cómo era el mecanismo de su producción. Clasificó la orina en 3 tipos principales: en primer lugar, según su consistencia si era gruesa o delgada; en segundo lugar, respecto a sus colores utilizaba un espectro cromático de veintiuna tonalidades, que iban de blanco al negro, lo que significó una revisión de la escala convencional de seis colores utilizada por Hipócrates; y, en tercer lugar, describió los sedimentos, que variaban en forma, consistencia y color. Theophilus fue el primero en proporcionar instrucciones detalladas sobre cuándo y cómo examinar la orina para reducir la variación en las observaciones. Consideró que el olor era un criterio que no debería faltar en el estudio uroscópico y llamó la atención sobre los cambios de las propiedades de la orina a lo largo del tiempo debido a su contacto con el aire. También propuso el método de calentar la orina para ampliar la información pues el calor, al precipitar las proteínas que contiene, provocaría la turbidez en aquellos pacientes con proteinuria. Mientras que Hipócrates veía la uroscopia como una herramienta fundamentalmente para hacer pronósticos, Theophilus la utilizó de manera ordenada y objetiva para el diagnóstico.


Ioannis Zacharias Actuarius (c. 1275-1328) escribió la extensa obra De urinis libri septem, en donde significó la importancia del estudio de las diferentes capas que se formaban en la orina depositada en la mátula. Miniatura, texto medieval, code 3632. Biblioteca dell'Università di Bologna, Bolonia

Ioannis Zacharias Actuarius propuso una mátula con once subdivisiones para establecer la focalización de la enfermedad en el área corporal. Ilustración en De urinis libri septem, edición de 1670. Nationalbibliothek Österreichs, Viena


Ioannis Zacharias Actuarius (c. 1275-1328), médico de la corte del emperador bizantino Andrónico II, fue el autor del tratado De urinis libri septem, una extensa obra formada por siete volúmenes, en donde destacó la importancia diagnóstica de la uroscopia y sirvió para impulsar su práctica centrándose en los sedimentos urinarios. Clasificó la orina en diferentes tipos, valores diagnósticos, anomalías, enfermedad y pronóstico. Tomando como base la teoría de los cuatro humores, Actuarius asoció la orina con la tercera digestión, considerando la orina amarilla como saludable, la orina más oscura indicaba “aumento de desechos” mientras que la orina clara se debía algún tipo de debilidad corporal. Este autor creía que los sedimentos se formaban debido a la separación de los elementos del cuerpo según sus densidades. Por lo tanto, un médico podría detectar el área de desequilibrio del cuerpo por la región alterada de la mátula; así los sedimentos pesados que precipitan en el fondo del recipiente señalan las dolencias de la parte inferior del cuerpo, mientras que las burbujas en la superficie representan alteraciones en la cabeza. También enfatizó la importancia de examinar las capas de orina, advirtiendo contra la dependencia exclusiva del examen de la orina para el diagnóstico. Para perfeccionar el proceso, Actuarius modificó el recipiente de recogida de orina para mejorar la observación de estas capas graduando la mátula en once partes, de forma que al sedimento le correspondían las graduaciones más inferiores, a la nube las intermedias y a la espuma las más superiores. Cada una de estas partes debía ser evaluada de forma independiente para así obtener predicciones diagnósticas más precisas.


Rhazes (865-925) advierte de la influencia de la edad y la toma de ciertos alimentos que pueden alterar el color de la orina. Rhazes practicando una uroscopia. Miniatura, Recueil des traités de médecine de Gerardus de Cremonensis, c. 1250-1260

Los médicos árabes medievales siguieron el legado de Hipócrates y Galeno para la interpretación de la uroscopia. Médico examinando la orina. Miniatura, texto medieval, ms. Suplemento persa 2051, folio 158v. Bibliothèque Nationale de France, París


Tras la escuela bizantina, la escuela árabe se convirtió en el centro del desarrollo de la medicina durante los siglos IX y XII. En cuanto a la uroscopia, los árabes no aportaron significativos avances y se basaron principalmente en el legado de los maestros Hipócrates y Galeno. Los médicos musulmanes que más influyeron para la práctica de la uroscopia fueron Rhazes (865-925), Haly Abbas (949-982) y Avicena (980-1037). Sus escritos muestran un regreso al estilo más sencillo de Hipócrates evitando la complejidad y rigidez de los autores bizantinos. Para los médicos árabes, el color y la consistencia de la orina proporcionaban información sobre el estado de “cocción de la sangre”. Se suponía que la orina provenía de la segunda digestión, que tenía lugar en el hígado. Rhazes afirmaba que "si la cocción de la sangre es insuficiente, la orina es blanca y poco saludable; si es excesiva, la orina es roja y espesa; si es mediana, la orina es amarilla y de grosor medio; si el calor es excesivo en el hígado, la orina es negra y muy espesa, como es el caso de las enfermedades mortales agudas". Rhazes y Avicena también advierten sobre la influencia de la edad, la toma de medicamentos y de aquellos alimentos y bebidas que pueden alterar el color de la orina, como la remolacha o el azafrán, para evitar malas interpretaciones. 


Isaac Judaeus (c. 850-932) desarrolló un diagrama para el diagnóstico con distintas coloraciones de la orina que alcanzó una gran difusión. Isaac Judaeus examinando un frasco con orina. Xilografía del taller de Michel Wolgemut, Liber chronicarum mundo, edición en Nuremberg, c. 1493

Isaac Judaeus escribió en árabe el texto Liber urinarum que fue traducido al latín por Constantino el Africano. Liber urinarum, ms. 449, folio 1, siglo XII. Biblioteca dell'Università di Pavia, Pavia


El médico egipcio-judío Isaac Judaeus (c. 850-932) escribió el destacado manuscrito Liber urinarium donde sostenía que los cambios producidos en la orina reflejaban el estado de los procesos corporales internos. Desarrolló un complejo diagrama de flujo para la evaluación humoral y urinaria que comprendía el diagnóstico de todas las enfermedades conocidas al incorporar más de veinte coloraciones de orina para seleccionar. Este diagrama alcanzó una gran difusión y aceptación porque facilitaba mucho la labor diagnóstica del médico al tener solamente que comparar el tono de color de la orina del paciente con el tono del recipiente del diagrama. El médico persa Ismail de Jurjani (c. 1040-1136) recomendaba recoger la orina en un recipiente de vidrio transparente que tuviera la forma de la vejiga para que la orina permaneciera en la forma más natural posible. Consideraba que "la mejor orina para observar es la primera de la mañana, después de un buen sueño". Además, se debía protegerla del frío y de la luz solar para evitar fluctuaciones que pudieran alterar su estado natural.


Constantino el Africano (c. 1018-1085) tradujo al latín textos escritos en griego y árabe que sirvieron para difundir la uroscopia en Europa Occidental. Constantino examinando frascos de orina que le muestran sus pacientes. Miniatura, texto medieval, 1350. Bodleian Library, Oxford
 

La Articella constituía una colección de varios tratados médicos de especial relevancia que fueron referencia para la enseñanza en las universidades europeas en la Baja Edad Media. Doctor examinando la orina. Miniatura, Articella, edición de c. 1300. The British Library, Londres


Las traducciones al latín de textos griegos y árabes realizadas por Constantino el Africano (c. 1018-1085), un monje benedictino y uno de los fundadores de la Escuela de Salerno, fueron fundamentales para la difusión de la uroscopia e impulsaron su auge durante la Alta Edad Media, especialmente en Europa Occidental. Sin embargo, a pesar de esta popularización, la práctica de la uroscopia todavía se centrada principalmente en los postulados descritos por Hipócrates y Galeno, con la inclusión de algunas aportaciones de textos bizantinos, sin que se produjeran apenas grandes modificaciones y quedando limitadas las escuelas de medicina a reescribir y republicar manuscritos ya existentes, mejorando la presentación con pequeñas adiciones y correcciones. La Escuela de Medicina de Salerno, fundada en el siglo IX, fue la primera escuela de medicina en el occidente europeo convertida en centro de referencia del conocimiento médico. Tuvo especiales aportaciones en lo que respecta a la uroscopia desde la inspiración en el legado grecorromano y árabe. Este método se convirtió en una de las pruebas diagnósticas más habituales en la institución teniendo una superior consideración a la determinación del pulso para establecer el diagnóstico y el pronóstico de la enfermedad. Las obras de algunos de estos autores mencionados fueron especialmente exitosas debido a su inclusión en el Ars Medicinae o Articella, que constituía una colección antológica de tratados acumulados a lo largo de los siglos, que sirvieron de base para la enseñanza en las universidades europeas entre los siglos XII y XVI; y que con el tiempo fueron referencias obligadas para el diagnóstico médico mediante la uroscopia.


Gilles de Corbeil (c. 1165-1213) es autor del destacado texto De urinis et pulsibus. Gilles de Corbeil examinando la orina de una paciente. Grabado, Hortus sanitatis: Tractatus de urinis de Johannes de Cuba, edición en Estrasburgo, 1498

Maurus Salernitanus (c. 1130-1214) fue famoso profesor de la Escuela de Medicina de Salerno y autor del tratado Regulae urinarium. Maurus inspeccionando la orina. Miniatura, Glosulae, codex lat. 18499, f. 144v, siglo XIII. Bibliothèque Nationale de France, París


Gilles de Corbeil (c. 1165-1213), médico del rey Felipe Augusto de Francia y con formación en la Escuela de Salerno, profundizó en las enseñanzas uroscópicas de Theophilus Protospatharius e Isaac Judaeus. A Corbeil se le atribuye la redacción de varios textos médicos, incluyendo De urinis et pulsibus, en donde establece la conexión de al menos veinte tipos distintos de orina con determinadas afecciones corporales y sostenía que diferentes partes del matraz representaban a diferentes áreas del cuerpo. Fueron también divulgadores de la uroscopia durante el periodo medieval Maurus Salernitanus, Bartholomaeus de Salerno, Cofone, Alfano de Salerno, Giovanni Afflacio, Giovanni Plateario, Gilbertus Anglicus, Urso de Calabria, Bartholomaeus Anglicus, Bernard de Gordon, Hildegarda de Bingen, Henry Daniel, Walter Agilon, Petrus Hispanus, Michele Savonarola y Arnau de Vilanova, médico español formado en la Universidad de Montpellier. Con la aparición de la imprenta a mitad del siglo XV se popularizó el conocimiento de la uroscopia en obras como Fasciculus medicinae de Johannes de Ketham, la referida De urinis et pulsibus de Gilles de Corbeil, De urinis de Pierleone da Spoleto, The urinal of physick de Robert Decord o Epiphanie medicorum de Ulrich Pinder.


En la Edad Media fueron difusoras de la enseñanza de la uroscopia las escuelas médicas de Bizancio, Salerno, Bolonia, Montpellier, Padua y Paris. Estudiantes aprendiendo el arte de la uroscopia. Xilografía, Fasciculus medicinae de Johannes de Ketham, edición en Venecia, 1491

Con la aparición de la imprenta en 1440 se popularizó el conocimiento de la uroscopia. Médicos discutiendo sobre una muestra de orina. Xilografía, Fasciculus medicinae de Johannes de Ketham, edición en Venecia, 1495


El médico medieval cualificado combinaba sus conocimientos y habilidades clínicas con el análisis de una muestra de orina para obtener el diagnóstico más preciso y determinar la posible evolución de su enfermedad. En el siglo XIII, esta práctica había alcanzado la marca de prestigio e infalibilidad para el profesional médico. El estudio de la orina era una actuación imprescindible no solo para hacer diagnósticos precisos, sino para esclarecer el mecanismo fisiopatológico implicado en la dolencia. De entre todas las pruebas diagnósticas disponibles, la uroscopia fue la más recurrida ya que era menos desagradable que el examen de heces, incruenta en relación a una extracción sanguínea y más sencilla de interpretar que la toma del pulso. Además, la muestra de orina podía ser enviada al médico para su estudio sin precisar de la presencia directa del paciente, para lo cual se diseñaron unas cestas especiales de mimbre para proporcionar estabilidad durante su transporte. Este tipo de consulta se valoraba tanto por su practicidad como por su menor coste. Cuando el paciente estaba obligado a convalecer en cama a causa de la enfermedad, resultaba más sencillo enviar a alguien en su representación con el frasco de orina a la consulta del médico y así se evitaba el pago elevado que suponía una visita domiciliaria. Además, cuando estaban en juego enfermedades vergonzosas o un posible embarazo ilegítimo, el envío de orina por un mediador podía asegurar un cierto grado de anonimato. No obstante, Isaac Judaeus se opuso firmemente a realizar exámenes uroscópicos sin estar presente el paciente haciendo una crítica frontal a los médicos que hacían esta práctica señalando que son “¡Insensatos que basan sus profecías en ello, sin ver al paciente, y determinan qué enfermedad presenta, si el paciente morirá, y otras tonterías!”. Esta forma de proceder podía conllevar a pérdidas en la reputación del médico cuando algunos pacientes perseguían desprestigiarle o, peor aún, burlarse de él enviándole los matraces con orina de animales u otros fluidos como vino o cerveza. En el siglo XV, el eminente médico parisino Guillaume Boucher al examinar una orina aseguró que pertenecía a “un hombre con problemas estomacales”, lo que originó el desconcierto de los mensajeros que portaron la muestra, pues procedía de una mujer.


En los libros médicos impresos de carácter generalista solían reservarse capítulos destacados sobre la uroscopia. Médicos examinando la orina. Ilustración, Hortus sanitatis: Tractatus de urinis de Johannes de Cuba, editado por Jacob von Meydenbach en Mainz, 1491

Los médicos atendían a los pacientes más pudientes trasladándose hasta su mismo domicilio. Médico examinando la orina al pie de la cama del paciente mientras su ayudante prepara sobre una mesa los medicamentos prescritos. Xilografía, De proprietatibus rerum de Bartholomaeus Anglicus, edición en Toulouse, siglo XIII


Los médicos de formación universitaria resaltaron la importancia de la consulta presencial del paciente para realizar exámenes físicos completos que permitieran obtener un diagnóstico más preciso. Eso también posibilitaría la comunicación directa con los pacientes para detallar cualquier sintomatología presente y poder realizar una exploración física complementaria mediante la determinación del pulso y el análisis de otras excreciones como el sudor o las heces. Por otra parte, la consulta presencial del paciente ante su familia, amigos o sirvientes acompañantes le permitía elevar su prestigio como médico reafirmando su autoridad y también demostrar sus sólidos conocimientos y experiencia, diferenciándose de los charlatanes y curanderos. Esto explica la alta estimación que los pacientes tenían del examen uroscópico, incluso cuando los propios médicos tenían dudas, probablemente admirados porque un médico con prestigio recogiera el frasco con su orina y la analizase con detenimiento. Cabe reconocer que muchos de sus diagnósticos eran acertados, en especial para reconocer la diabetes mellitus, las enfermedades hepáticas y las nefrourológicas.


A los curanderos acudían los pacientes con menos recursos económicos, pero con menores garantías de tener una buena atención. Curandera examinando la orina. Miniatura, Trotula de Salerno, Miscellanea medica XVIII, principios del siglo XIV. Wellcome Collection, Londres

A partir del siglo XIII comenzaron a aparecer representaciones burlescas de médicos con figuras zoomórficas para descrédito de la uroscopia. Médico mono aceptando el pago de la paciente por su servicio. Miniatura, Libro de las Horas, Stowe ms. 17, fol. 51r, edición en Maastricht, siglo XIV. The British Library, Londres


La publicación de tratados sobre la uroscopia del latín original a las distintas lenguas vernáculas, desde finales del siglo XIV, hizo más accesible el conocimiento de este método diagnóstico para la mayoría de los médicos. La uroscopia se aceptó y practicó ampliamente en toda Europa. Al respecto, Bernard de Gordon de Montpellier (c. 1285-1318), quien también estudió en la escuela de medicina de Salerno, comentó que “la ciencia de observar la orina es tan sencilla que cualquiera puede aprender de ella lo que desee”. De hecho, las traducciones al idioma vernáculo propiciaron una enorme popularización de la uroscopia, haciéndola accesible también a profesionales menos cualificados. Pronto, la uroscopia se convirtió en una herramienta fácil de usar para los numerosos curanderos y charlatanes, que prosperaron especialmente en Alemania, a los que acudían los pacientes con menos garantías de ser bien atendidos. Estos practicantes ganaron popularidad entre las clases bajas y medias, especialmente en zonas rurales, en parte porque los médicos universitarios eran escasos y costosos. Están documentados procesos históricos de castigo a charlatanes sin escrúpulos que hacían una mala praxis del procedimiento como es el caso de Roger Clerk de Wandsworth, quien en 1382 fue declarado culpable de realizar “prácticas inútiles a los pobres” y, por ello, condenado a escarnio público en el centro de Londres exponiéndolo con un matraz de orina colgado de su cuello delante y otro detrás. La proliferación de estos farsantes fue motivo de burla popular como queda reflejado a partir de mediados del siglo XIII en las imágenes de monos médicos y otras figuras grotescas examinando frascos de orina representadas tanto en notas marginales de manuscritos como en retablos, frescos, bajorrelieves, sillerías corales y en vidrieras de iglesias.


Métodos e interpretación de la uroscopia

Para una correcta interpretación de la uroscopia debía de seguirse una metodología rigurosa de recogida de la orina, de las condiciones para su mantenimiento y para una correcta observación. La mátula era el recurso básico para la realización de la uroscopia y consistía en un matraz de vidrio donde era depositada la orina. La interpretación de los resultados se hacía en base a las guías establecidas fundamentalmente por los médicos bizantinos, tomando como mayor referencia la llamada rueda de orinas. 


Metodología de recogida, mantenimiento y observación de la orina

Se recomendaba la recogida de orina a primera hora de la mañana después del sueño nocturno del paciente y antes de ingerir cualquier líquido o alimento. Ismail de Jurjani recomendaba recolectar toda la orina emitida durante un período de veinticuatro horas. Ioannes Actuarius consideraba que “La orina debe recolectarse en una botella grande, transparente y limpia, posiblemente con forma de vejiga … El recipiente debe tener un volumen suficiente para contener la orina de veinticuatro horas … La orina también debe protegerse del calor, el frío y la luz solar”. Una vez introducida la orina en el matraz debía mantenerse en reposo durante un tiempo suficiente para que se produjese la sedimentación de partículas. Avicena estimaba que debía estar al menos una hora en reposo. Rhazes aconsejaba "recoger la orina en una botella blanca grande, con una base redonda, y dejarla allí durante tres a diez horas para que el sedimento pueda depositarse en el fondo". Isaac Judaeus recomendaba examinar el matraz hasta tres veces, a intervalos de una hora. El médico también debía de tener cuidado en no agitar la muestra demasiado antes de examinarla para evitar que se removieran las partículas, desaparecieran las burbujas o se diluyeran los depósitos.


El médico solía inspeccionar la orina sosteniendo la mátula con una mano en alto dirigiéndola al trasluz para conseguir un mejor detalle. Uroscopista y familia campesina. Grabado en papel de Nicolaes van Haeften, 19,7x16,3 cm, 1697. Rijksmuseum, Amsterdam

La temperatura durante el examen de la orina es muy determinante para el diagnóstico uroscópico. Cuando un paciente micciona, la orina conserva la temperatura corporal siendo un objetivo necesario que se mantenga en este rango térmico en el matraz para una evaluación adecuada. La muestra de orina no debe ser expuesta a calor extremo ni a luz solar intensa, ya que podría cambiar sus características organolépticas. Cuando la temperatura exterior es más baja que la corporal cambia el burbujeo de la orina y las partículas e impurezas son más difíciles de evaluar al desplazarse hacia el centro del matraz y sedimentarse mezcladas en el fondo. Otro problema de la baja temperatura es que la orina acaba espesándose debido a fenómenos de cristalización; por ello, los médicos solían examinar la orina lo más rápido posible para evitar diagnósticos erróneos. Por otra parte, se creía que el calor y el frío corporal influían en el color de la orina emitida, y que la sequedad y la humedad afectaban su textura. Se postulaba que las orinas emitidas demasiado frías o con exceso de calor se debían a complicaciones con el spiritus (calor corporal natural producido en el corazón) o a un mal funcionamiento de la digestión que causaba un exceso de humor caliente o frío en el organismo.


Médico examinando una muestra de orina y tomando el pulso a una mujer enferma. Grabado de William French (basado en una pintura de Caspar Netscher de 1664), 16.3x13.3 cm, c. 1845. Wellcome Library. Londres


Los médicos realizaban la uroscopia en su consulta donde acudían los pacientes de menores recursos portando sus muestras de orina, o se trasladaban personalmente a las residencias de los pacientes más pudientes. Para el examen, el médico generalmente sostenía con una mano en alto el matraz conteniendo la orina, inspeccionándola preferiblemente al trasluz y ante una ventana con suficiente luz natural para tener un mejor detalle. El examen en condiciones de iluminación excesiva o insuficiente podían conllevar a errores de mala interpretación. Antes de establecer el diagnóstico, el médico se informaba sobre el temperamento del paciente, edad, sexo, sus hábitos alimenticios y la hora en que ha recogido la orina, tomando en cuenta además la estación del año, el clima y los factores medioambientales relacionados con el paciente. Los médicos europeos rara vez olían o probaban la orina, si bien autoridades médicas árabes como Rhazes y Avicena lo recomendaban.


Mátula

La mátula era una especie de matraz de vidrio incoloro y transparente con un cuerpo redondeado de suficiente capacidad y una embocadura lo necesariamente ancha para que permitiera con facilidad el relleno de la orina miccionada. La translucidez del vidrio era fundamental para que pudieran ser observadas con precisión todas las propiedades físicas de la orina. Además, el espesor del vidrio debía ser delgado y uniforme en la totalidad del matraz. No obstante, el diseño y los materiales empleados en las mátulas fue variando a lo largo del tiempo. Los primeros recipientes usados de barro opacos fueron luego sustituidos por los de vidrio transparente. La forma inicial cilíndrica de la base fue evolucionando hacia un cuerpo globular cónico para simular la forma de la vejiga y, además, para aumentar la superficie de observación y para facilitar el proceso de sedimentación de la orina. El cuello se fue alargando gradualmente para permitir un mejor agarre mientras el médico mantenía sostenido el matraz en dirección a la luz.


Mátula con el cesto de mimbre utilizado para su transporte (datado de 1650). Museum of Historical Medical Artifacts


Constantino el Africano, en su libro De instructione medici, escribe que el recipiente ideal para depositar la orina “debe ser de vidrio blanco, claro y transparente, y preferiblemente de cristal veneciano”. Gilles de Corbeil fue un firme partidario de usar el recipiente con forma de vejiga que luego acabaría convirtiéndose en un símbolo perdurable de la uroscopia y la práctica médica general durante la Edad Media. Corbeil creía que con esta forma del matraz, la orina podía extenderse libremente en una forma similar a la de su entorno natural mostrando así sus verdaderas características. En el momento que se comenzó a dar importancia diagnóstica a los niveles de turbidez de la orina y la formación de sedimentos se comenzaron a proponer matraces con distintas gradaciones añadidas a lo largo del cuerpo de la mátula. Corbeil estableció que las diferentes partes del frasco se correlacionaban con cuatro regiones del organismo, delimitadas de arriba a abajo en el recipiente, que se correlacionaban respectivamente con enfermedades de la cabeza, el tórax, el abdomen y el aparato urogenital. Ioannis Actuarius, como ya se ha comentado, propuso hasta once divisiones con el fin de precisar con más detalle los órganos implicados en cada región corporal. En el siglo XV se llegó al máximo de estratificación cuando los vapores de orina destilada eran recogidos en un receptáculo antropomórfico escalado en veinticuatro niveles.


Rueda de orinas

La rueda de orinas consistía en una gráfica circular que de forma recurrente era incluida en los textos dedicados a la uroscopia y en donde se establecía la relación existente entre el color de la orina de los pacientes con el diagnóstico de una determinada enfermedad. Los frascos con orina se alineaban alrededor del borde del círculo en un número variable, habitualmente unos veinte, cada uno de diferente color, oscilando entre tonos claros y oscuros, con la pretensión de cubrir la gama cromática mayor posible. Para ayudar a distinguir entre colores muy parecidos se solían emplear comparaciones muy imaginativas con elementos de la vida cotidiana utilizando, por ejemplo, términos como “orina verde como la col” o “orina negra causada por la mortificación (que) se asemeja mucho a un cuerno negro pulido o a una pluma de cuervo o a un hombre de Etiopía”. Cada frasco tenía una línea que lo conectaba con un resumen de una enfermedad específica. Este mismo esquema taxonómico podía adoptar diferente disposición gráfica, como conformando una o varias filas sucesivas de frascos con orina al modo que aparecen en el tratado Iatosophion bizantino de mediados del siglo XV. La introducción de estos diagramas supuso un gran impulso de la uroscopia a finales de la Edad Media por facilitarle a los médicos una guía de referencia sencilla y rápida para emitir un diagnóstico.


Los gráficos de rueda de orinas se incluían frecuentemente en los textos dedicados a la uroscopia para facilitar el diagnóstico de las enfermedades. Rueda de orinas en manuscrito Savile 39, c. 1387-1400. Bodleian Library, Oxford
 

Gráfico de rueda de orinas. Fasciculus Medicinae de Johannes de Ketham, impresión de Zuane & Gregorio di Gregorii, edición en Venecia, 1493. Biblioteca Europea di Informazione e Cultura, Milán


Un ejemplo notable de estas ruedas de la orina se encuentra en el manuscrito Savile 39 de la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford, que incluye un diagrama circular de finales del siglo XIV representando a veinte frascos etiquetados, cuyos colores varían del blanco al negro, y que son agrupados según su significado; así, cuatro muestras de color oro rojizo indican una buena digestión mientras que tres frascos con un líquido muy oscuro sugieren la muerte. En 1491 se imprimió por primera vez en Venecia el Fasciculus medicinae del alemán Johannes de Ketham, que incluía una colección de tratados medievales de medicina que fue copiada continuamente durante muchos años. Su primer libro contiene un folio denominado Primera Tabla de Orinas que muestra una rueda de uroscopia con veintiuna matulas diferentes. Las cuatro esquinas del diagrama representan los cuatro diferentes temperamentos: sanguíneo (regido por la sangre), colérico (regido por la bilis amarilla), flemático (regido por la flema) y melancólico (regido por la bilis negra), en referencia a la teoría humoral y su influencia en el aspecto de la orina. Otro diagrama muy valorado fue el incluido por Ulrich Pinder en el tratado Epiphanie medicorum, impreso en Nuremberg en el año 1506, siguiendo el esquema clásico con veinte frascos con orina.


Gráfico de rueda de orinas. Epiphanie medicorum de Ulrich Pinder, edición en Nuremberg, 1506. Wellcome Collection, Londres

Frascos de orina con partículas y diferentes capas. En el frasco de la izquierda se interpreta como “piedra en los riñones” y en el de la derecha como “vena rota en la cabeza”. Ilustración, manuscrito de Sloane 7, Miscelánea médica, c. 1400-1425. Bodleian Library, Oxford


Como algunos autores sugerían que era posible identificar varias capas en la muestra de orina, se pretendía dar la debida representación en los diagramas con diferencias de color muy distintivas en el matraz. Si la capa superior era particularmente gruesa, podía indicar dolor de cabeza; si era muy espumosa, indicaba “gases que se acumulaban en los vasos urinarios, distensión o algún otro trastorno pulmonar”. La región media debía examinarse en busca de turbidez, lo cual podía ser un buen o mal signo según la afección que padeciera el paciente. En el fondo de la muestra era más probable encontrar sedimentos, aunque también las partículas podían estar suspendidas en la totalidad de la muestra. En una miscelánea médica del manuscrito de Sloane 7 de principios del siglo XV se representan dos matraces de orina con diferentes capas, uno conteniendo partículas suspendidas y el otro sangre; la interpretación que se da en la primera muestra es que “significa dolor y sufrimiento de la piedra en los riñones” y para la segunda muestra que “la sangre en la orina indica una vena rota en la parte posterior de la cabeza”.


Características de enfermedades identificadas mediante la uroscopia

Un médico con experiencia podía identificar una amplia gama de afecciones a partir de una muestra de orina. La presencia de espuma indicaba trastornos pulmonares o digestivos. Gilles de Corbeil destacó que la presencia de sangre pura o sin coagular en la orina, especialmente acompañada de dolor, era indicativo de una patología renal; la lividez cadavérica junto con partículas diminutas y definidas indicaría invariablemente problemas respiratorios, y la gota se manifestaría por la presencia de pequeñas motas blancas. El examen uroscópico también serviría para la detección de varias enfermedades, siendo especialmente señaladas la diabetes mellitus, diabetes insípida, la ictericia, la porfiria, la lepra y las nefrouropatías. Los pacientes con diabetes mellitus generalmente tienen orina de sabor dulce debido a un exceso de glucosa en la orina. En el siglo XVII, Thomas Willis estableció definitivamente la vinculación de la diabetes con una orina de sabor dulce y cristalina Esta enfermedad fue una de las más señaladas para un diagnóstico preciso por la uroscopia. En la diabetes insípida, una enfermedad causada por deficiencia funcional de la hormona antidiurética y que se manifiesta por poliuria y polidipsia en el paciente, la orina no tiene ningún sabor perceptible. El color marrón amarillento de la orina es característico en los enfermos con ictericia por aumento de la eliminación urinaria de pigmentos biliares y sugiere patología hepatobiliar. La orina de color marrón rojizo es una manifestación de la porfiria, un trastorno metabólico poco común debido al exceso de excreción de las porfirinas y los precursores de la porfirina en la orina. La lepra también pretendía ser diagnosticada por el examen de orina ya que se creía causada por un mal funcionamiento del hígado, un órgano fundamental señalado en la teoría de la digestión y la formación de orina. Para el diagnóstico de las enfermedades nefrourológicas, la orina de color rojo y con presencia de coágulos sanguíneos indicaría la presencia de un tumor; la orina turbia, espesa y con olor fétido hacía sospechar de una infección urinaria; y la observación de concreciones cristalinas en el sedimento, frecuentemente asociados a orinas de color rojizo, sugerían el padecimiento de una litiasis.


Los médicos medievales recomendaban los tratamientos en base al examen de la orina. Paciente que acude al médico para ser diagnosticado por uroscopia (izquierda). El paciente expulsa una piedra por la orina después de recibir el tratamiento (derecha). Cántigas de Alfonso X El Sabio. Cantiga 172 Códice Rico, fol. 230v, c. 1280. Real Biblioteca del Monasterio del Escorial

La uroscopia se utilizaba también para determinar la fertilidad, la posibilidad de gestación y la conducta sexual. Médico examinando la orina de una mujer señalando su vientre ante posible confirmación de embarazo. Miniatura del taller de Thérouanne, manuscrito Beinecke 229, fol. 154v, c. 1275-1300. Yale Library de New Haven, Connecticut


En la Edad Media, la uroscopia también se empleaba para prever la muerte de un paciente. En 1087, cuando el rey inglés Guillermo el Conquistador sufrió graves lesiones internas tras caer de su caballo, sus médicos examinaron la orina y predijeron su muerte inminente, como así fue. Casos similares se registraron en otros personajes de la época que confiaban en el examen uroscópico como una oportunidad de información necesaria para arreglar sus asuntos personales antes de fallecer. La uroscopia también se consideraba útil para evaluar la fertilidad, la posibilidad de gestación y la conducta sexual. La Trótula, libro editado por la Escuela de Salerno en el siglo XII, fue el compendio más influyente de medicina ginecológica en la Europa medieval. Para comprobar la fertilidad, el texto sugiere que tanto varón como mujer depositen cada uno su orina en un recipiente con salvado. Trascurridos diez días, el recipiente maloliente y lleno de gusanos señalaba al cónyuge que era infértil. The dome of uryne, otra colección de textos uroscópicos muy difundidos en la Inglaterra medieval, afirmaba que era posible saber si una mujer había concebido inmediatamente después del coito. Si su orina era clara, estaba embarazada, y si su orina era espesa, no lo estaba. En un texto de 1552 se expone que, si la orina de la mujer es de un "color limón claro y pálido, tirando a blanquecino, con una nube en la superficie", entonces debe estar embarazada. Algunos tratados medievales sostenían que, en caso de embarazo, el sexo del feto podía predecirse analizando el grado de turbidez de la orina de la madre. Un aborto espontáneo podía ser puesto de manifiesto cuando la mujer tenía una orina de color plúmbico. La historia sexual también podría ser revelada a través del examen de orina pudiéndose determinar si un hombre o una mujer había tenido relaciones sexuales recientemente. La orina de una mujer virgen sería “pálida y extremadamente tranquila … y fluiría lenta y delicadamente debido a la estrechez de los conductos del útero y la vulva”. Por el contrario, la orina espesa significa que “la mujer es una pervertida”. En el caso de los hombres, si hay presencia de semen en el fondo del frasco con su orina significaría que ha tenido relaciones sexuales recientemente. 


Declive del uso de la uroscopia

La uroscopia se mantuvo como el principal estándar de diagnóstico médico hasta principios del siglo XVI, momento en el que comenzaron a aparecer voces críticas constatando la falta de evidencia que la respaldara y que, junto a la introducción de nuevos métodos de estudio más científicos, contribuyó a su declive gradual. Los médicos comenzaron a mostrar preocupación por las inconsistencias teóricas del método y por la dificultad, o incluso imposibilidad, de llegar a un diagnóstico lo suficientemente fiable solo con el examen de la orina. Entonces, la uroscopia se empezó a percibir como una amenaza para la fama y autoridad profesional del médico. No obstante, estaba tan arraigada en la práctica médica que, en lugar de abandonarse por completo, se trató de hacer una reconsideración sobre el papel que debiera tener en este momento histórico. Se publicaron algunos tratados dedicados específicamente a la enseñanza de la uroscopia que apenas aportaban alguna novedad. Entre estas obras cabe destacar la de Pierleone da Spoleto en 1514, Giovanni Battista da Monte en 1552, Giovanni Argenterio en 1595 y Johannes Franciscus Ulmus en 1578. También se publicaron varios textos, como The judycyal of uryns en 1512, basado en un manuscrito de Henry Daniel, De urinis de Euricius Cordus en 1543 y Urinal of physick de Robert Recorde en 1548, que describen el uso adecuado de la uroscopia y sus limitaciones, en un intento de mantener el prestigio perdido del examen uroscópico. Por otra parte, la mayoría de los pacientes seguían profundamente convencidos de la vigencia de su potencial diagnóstico excepcional y no entendían del todo la desconfianza que sobre este procedimiento empezaba a manifestarse en buena parte del estamento médico mientras que los más oportunistas aprovecharon la situación para sacar beneficio de esta demanda popular.


Durante el Renacimiento algunos autores intentaron detener sin éxito el declive imparable de la uroscopia. Consultationum medicarum de Giovanni Battista da Monte, impresión de Heinrich Petri & Peter Perna, edición en Basilea, 1565. Biblioteca Europea di Informazione e Cultura, Milán

En el Renacimiento también se establecieron limitaciones del valor diagnóstico de la uroscopia en un intento de mantener su aceptación por los médicos académicos. De urinis de Euricius Cordus, impresión de J. Dryander, edición en Frankfurt, 1543


Las malas prácticas continuaron en manos de charlatanes y farsantes sin escrúpulos que terminaron por socavar la confianza en un método diagnóstico que había llegado a tener un rol fundamental para el diagnóstico desde tiempos inmemoriales. Pronto comenzaron a aparecer textos sumamente críticos en contra de su uso. Thomas Linacre, médico del rey Enrique VIII y fundador del College of Physician de Londres, se opuso a la primacía del diagnóstico basado en la observación de orina y comentó burlonamente que “si los pacientes traen un zapato en lugar de su orina, cualquiera de los especímenes tendría las mismas posibilidades de un diagnóstico”. El médico neerlandés Petrus Forestus publicó en 1581 De incerto fallaci urinarum judicio donde denostaba la práctica de la uroscopia. Fueron especialmente críticas las publicaciones The arraignment of urines de Pieter van Foreest en 1623, Pisse prophet de Thomas Bryant en 1637, De vulgi erroribus in medicina de James Primrose en 1639 y A pisspot prophet de John Collop en 1657, que suponían un ataque demoledor contra la validez diagnóstica de la uroscopia. Comenzó a ridiculizarse la figura del médico con su mátula y se empezaron a llamar burlonamente como “profetas de orina” o “bebedores de orina” porque, en algunos casos, los médicos practicantes probaban su sabor. Voltaire escribía con desprecio que “la ridícula charlatanería de adivinar las enfermedades por las orinas es la deshonra de la medicina y de la razón”.


Durante el siglo XVIII comenzaron a aparecer publicaciones demoledoras contra la práctica de la uroscopia por considerarse inverificable y poco ortodoxa. De vulgi erroribus in medicina de James Primrose, impresión de Joannem Janssonius, edición en Amsterdam, 1639

Desde el siglo XVIII, la figura del médico observando orina se representa frecuentemente de manera caricaturesca y de menosprecio. El médico de la orina, litografía de Emile Charles Wattier, 1828. Musée Carnavalet, París

Los nuevos enfoques de diagnóstico y tratamiento con mayor base empírica que surgieron a partir del Renacimiento propiciaron aún más el descrédito de la uroscopia. Los renovadores principios instaurados con la iatroquímica por Paracelso abrieron una nueva era para el análisis del contenido de la orina que se contraponían con las nociones de la medicina clásica grecorromana fundamentada en la teoría de los humores. Paracelso estableció que eran agentes externos los causantes de las alteraciones químicas en el cuerpo, que luego eran excretadas por los riñones, por lo cual debía ser analizada la química de la orina para identificar la causa de la enfermedad. Sus principales seguidores, Joan Baptista van Helmont y Herman Boerhaave, fueron realmente quienes impulsaron el análisis químico basándose en la destilación y en la precipitación de los distintos componentes de la orina. Por ello, la orina, que había sido el primer fluido corporal en ser inspeccionado, fue también el primero en ser analizado químicamente. Será a partir del siglo XVII, con el advenimiento del microscopio y el mayor conocimiento de los procesos patológicos implicados en la enfermedad, cuando la uroscopia sea considerada en gran medida como inverificable y poco ortodoxa. Con el posterior desarrollo de los métodos químicos de diagnóstico a partir del siglo XVIII, que posibilitaban determinar con precisión los distintos compuestos metabólicos en la orina, su uso quedó reservado a "profesionales sin licencia" por demanda de pacientes con bajos recursos económicos o de aquellos defraudados con la medicina académica hasta que, aproximadamente a principios del siglo XIX, quedó prácticamente desaparecida. Con el declive de la uroscopia surgió la uromancia, una nueva forma de adivinación del futuro a través del estudio de la orina sin que tuviera ningún suporte científico, formando parte del ocultismo y la superstición popular. Aunque la uromancia despertó interés inicialmente en los siglos XVIII y XIX, su práctica fue desapareciendo paulatinamente siendo hoy desconocida para la mayoría de la población.

Corolario

El examen de orina puede considerarse la primera prueba de diagnóstico documentada en la historia de la medicina. La imagen del médico medieval sosteniendo y observando la mátula con orina fue tan característica que acabó convirtiéndose en un símbolo identificativo del gremio médico que incluso persistió hasta nuestros días, aunque actualmente ha sido sustituido por la imagen del médico con la bata blanca y portando un fonendoscopio. El dominio de la interpretación de la uroscopia era una de las habilidades más valoradas en el medioevo y los médicos que la practicaban tuvieron el debido respeto de los pacientes que acudían confiados en recibir el diagnóstico y el pronóstico de sus dolencias. La demanda de uroscopias llegó a ser tan elevada que muchos enfermos tenían que recurrir a practicantes sin cualificación pues los médicos con formación universitaria eran escasos y, además, sus tarifas eran muy elevadas. 

Aunque la medicina continuó avanzando y quedaron invalidados muchos de los principios establecidos en la uroscopia, la mayoría de los enfermos siguieron confiando en este método diagnóstico hasta el siglo XIX. Si bien hoy puede parecernos un método rudimentario y de erróneo fundamento, que comenzó siendo un procedimiento que rozaba la adivinación, la uroscopia alcanzó una gran popularidad y se mantuvo en práctica durante largo tiempo por su buena aceptación, tanto por los pacientes como por los médicos, quienes confiaban en una prueba tangible que podía proporcionar un rápido diagnóstico. Contrariamente a la visión despectiva sobre el rol histórico de la uroscopia, cabe significar que en buena parte era científica y metódica, constituyendo un primer intento de poder diagnosticar enfermedades a través de fundamentos racionales. Con el tiempo, sus principios evolucionaron hacia los análisis químicos de laboratorio que son utilizados actualmente para la detección de enfermedades. En suma, la historia de la práctica de la uroscopia muestra como los médicos buscaban conseguir respuestas adecuadas al problema del diagnóstico basándose en el uso de pruebas que fueran observables y objetivas.




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Como citar este artículo:


Lancina Martín JA. La uroscopia. Primera prueba introducida en la historia de la medicina para el diagnóstico de las enfermedades [Internet]. Urología e Historia de la Medicina. 2026 [citado el día/mes/año]. Disponible en: https://drlancina.blogspot.com/2026/01/uroscopia.historia.html



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